viernes 27 de mayo de 2011

Me mudo

Después de dos días y pico sin poder logarme en blogger y tras los problemas de hace un par de semanas he decidido mudarme a Posterous.

HE importado todas las entradas publicadas aquí.

martes 26 de abril de 2011

Alquimia



El athanor no es solo un horno. Es también una colina oculta. Un paraíso invisible. Un paisaje inhóspito y sulfuroso para los no iniciados. 
Salimos a buscarlo la noche en que se nos rompieron el horno, los espejos y las ganas de jugar a magos científicos. 
¡Qué demonios sabíamos nosotros de la verdad revelada!
El círculo vicioso de empujar la roca arriba por la montaña. El segundo. Solo un segundo en que estábamos en la cima. Libres. La tregua de los dioses antes de tirar la roca ladera abajo. Volver a empezar.
La alquimia es el infinito recomienzo. El eterno retorno. El eterno fracaso entre cuatro paredes. Rodeados de libros apergaminados de humedad y tiempo. Con nuestro Mac reluciente. Buscando en google respuestas que no nos dio la vida. 


El aqua vitae. Vino destilado. Zumo concentrado de magia. 
Aquella noche. Aquellas copas todavía intactas. Aquella mesa puesta sobre la cama. El decantador. La música. Demasiadas formas de hacernos magia. Trampas. 
La alquimia es también el arte de sortear las trampas. Todas las trampas. Las externas. Las autoimpuestas, las inconscientes. Las subconscientes. 
Trozos de los espejos rotos. Siete años más de búsqueda. Otro ciclo no. Otra vez Sísifo subiendo la montaña, bordeando el suicidio. No. Van 14 años, ya. Hace 7 que el 7 dejó de ser tu número favorito. 


Y entonces, cuando estábamos al borde del agotamiento, justo entonces, el adobe del horno estalló en la explosión, rompiendo el espejo, esparciendo el mercurio por la alfombra, como un ser vivo. 
Y en ese instante levantamos la cabeza, sordos por exceso de ruido. Nos miramos, descubrimos el truco.
Las copas siguieron intactas. 
El elixir de la vida, después de todo, resultó ser tu saliva. Sólo tu saliva alcalina que era en sí misma, sabía ser, los cuatro elementos. Lo cálido, lo frío, lo húmedo, lo reseco. 
Transmutando por mis rincones.


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El tema del próximo taller es un relato fantástico, mágico. Quería escribir sobre la alquimia. Empecé a copiar fragmentos inconexos. Salió esto de arriba. Como una especie de continuación de mis inventarios anteriores. No quiero llevarlo al taller. Seguiremos intentándolo.
Lo cuelgo aquí. Como parte de esta serie o rosario.
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jueves 14 de abril de 2011

Instant heart rate


Los 69 latidos por minuto del corazón medidos en la pantalla luminosa de un Android. El mundo es un sitio raro que se nos vuelve loco los días nublados.
Ha venido Turner a pintarnos la tormenta encima de las cabezas.
Somos personajes de un comic los martes de espalda cosida.
Pasos de tacones suenan en el piso encerado. Los espejos de este ascensor ya no tienen huellas de manos y desplomes. 
69 latidos dándole la vuelta a la semana como a una rueda en la que somos siempre el hamster.
Andar, andar, andar.
Andar llegando a ninguna parte.
Hay dos corazones de aceite rojos como sangre, líquidos y espesos como sangre, encima de la mesa de conglomerado.
Salir de aquí.
Estar preso. Indefenso Sobrexpuesto.
Yo quería salir al cielo gris. Buscar un lugar silencioso y solitario.
Gritar. Gritar hasta que quemen los pulmones. Hasta que duela la garganta. Hasta que empiece la jaqueca y no pueda abrir los ojos
Gritar hasta enfermar. Enloquecido. Febril. 
Gritar hasta que mane a borbotones lo que sea que tapona y atasca.
¿Tú sales y gritas? Dime. ¿Sales tú y gritas palabras pequeñas como hoy, ven, trae?

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El título es el nombre de una aplicación para teléfonos móviles que mide el ritmo cardíaco

viernes 8 de abril de 2011

Experimento

Las leyes más elementales de las ciencias más asentadas saltan por los aires cuando se trata de ti y de mi.
Estadísticamente condenados a órbitas absurdas.Metodologías obtusas.

Al borde del desmayo escaleras rojas arriba queriendo quedarme. Rodar blanda. Que todo se desintegrase.
Al bode del colapso escaleras rojas arriba queriendo llevarte lejos. Donde nadie mire vigilando.
El mundo transparente alrededor palpitando. Rodeándote.
Cerrándome los ojos. Algo en mi sangre decantándose, separándose. Filtrándose cuando estás cerca. Radar infalible. Alarma de incendio.
Los sentidos felinos y atrofiados. La Física patas arriba. La Química estallándome en la punta de la lengua. La Lógica brillando por su ausencia. Por tu sola presencia.
Desconexión de cables. Mecánica cuántica. Materia y energía. El espacio tiempo es curvo. Explosivo. Ingobernable.
Incomprensible como tú ahí. Parado en medio de la nada. Mirándome con ternura.

Si me miras con ternura me perturbas. Rompes el desequilibrio de mi oido interno. Reconstruyes todos esos huesecillos destrozados con precisión de cirujano.
Vámonos. Sácame de aquí. Ven a buscarme. Encuentra una manera. Escaleras arriba tras de mi. Vámonos. Donde sea. Pero que nadie mire. Que nadie interfiera.
Quiero gravitar en torno a ti. Cansada de los códigos de barras. De los moldes. Los modelos matemáticos que predijeron tantas veces distancia entre nosotros.
Nadie comprende aun que hay nucleos microscópicos de metales pesados en el centro exacto de las tripas. Metales raros. Desconocidos. Con propiedades magnéticas impropias del magnetismo.

Nadie ha descubierto todavía esa rama de la Ciencia que explicaría sin excepciones que tú y yo destrocemos constantemente los principios que rigen todas las Ciencias que existen.

Arte. Dijeron algunos. Eso de ahí dentro tiene que ser arte. Es la única explicación.
Un día le pondrán nuestro nombre a cualquier teoría revolucionaria ganadora de todos los premios que existen.

Y entonces los muchachos que experimentan con nosotros jugando a semidioses, metiéndonos en el cubo gigantesco de metacrilato. Esos que nos llaman sujeto 1 y sujeto 2. Que se vanaglorian de no interferir sin dejar de mirarnos como si sus ojos vidriosos no fuesen suficiente interferencia. Esos, entenderán por fin. Creerán por fin palpando con sus dedos las heridas. Dejarán por fin que salvemos distancias que no existen en nuestro particular sistema métrico.

Al borde del desmayo, escaleras rojas arriba, la voz inhumana dijo otra vez: "Experimento fallido. Contacto no establecido".
Por enésima vez se equivocó en el diagnóstico. Por enésima vez te quedaste con una parte de mi plasma. Me llevé conmigo un trozo inapreciable de tu código genético. Queda menos para la fusión definitiva y ellos siguen anotando "contacto no establecido".

La semana que viene volverán a intentar entendernos. Volverán a fracasar. Volveré a salir escaleras rojas arriba pidiendo tregua en un idioma que sólo tú comprendes. Tampoco la ligüística clásica funciona en nuestro contexto.

martes 22 de marzo de 2011

El suero

Hubo que drogarla. A las chicas como ella siempre terminábamos inyectándoles el suero. Meten las narices donde no deben, no se conforman. Nunca se conforman. Insisten, siguen viniendo a hacer preguntas, con sus caderas voluptuosas y sus andares de putita y sus poses de duras que a duras penas esconden el pánico.


Así que hubo que drogarla aunque yo prefiero técnicas menos sofisticadas. Atracos fortuitos que terminan mal. Desapariciones al volver del trabajo por calles mal iluminadas. Pero ese tipo de cosas ponen nerviosos a  los familiares y los familiares de las putitas aficionadas dan mucha guerra con sus llamamientos lacrimógenos y sus entrevistas con los senadores. Todo con cobertura similar a los grandes pasos para la humanidad.

Jenna, que es como resultó llamarse aquella inconsciente, despertó cinco horas después de la inyección en un hospital al que la había llevado una de nuestras ambulancias que a su vez la recogió de un banco del parque donde la encontró uno de los nuestros que llamó a emergencias sabiendo sin duda que su llamada sería recogida por otro de los nuestros. 
Aunque ninguno sepamos quienes son exactamente los nuestros.

Todo perfectamente orquestado. Como siempre. Como cada vez que una Jenna cualquiera ata cabos o se pierde con el coche y llega donde no debe y ve lo que no debe u oye algo por casualidad.
Al despertar no recordaba nada de lo ocurrido en las 6 horas anteriores al momento en que metí la aguja hipodérmica en cualquier punto de su brazo frágil y blancuzco.

Sus brazos me gustaban aun menos que su cara de ratoncito. Le pegaba llevar gafas de bibliotecaria madura, que habrían hecho juego con sus dientes de conejo y su gesto exasperante: se metía un imaginario mechón de pelo detrás de la oreja de forma incansable mientras hacía sus preguntas precisas con voz aguda.
Insistía, desde su columna de periódico local. No sabemos donde está la fuga, cómo se enteró. 
Pero llegó a componer la historia entera. A descubrir que los rusos nos ganaban también aquella batalla.

Por eso hubo que drogarla. Porque no se tragó las mentiras, porque no aceptó las excusas, porque se negó a colaborar ni siquiera cuando recurrimos al  patriotismo. Porque iba a publicar la historia entera con todas las pruebas irrefutables que ya son ceniza. 

Al despertar en aquel hospital sólo decía "los insectos golosos me devoran", así que su médico, que era nuestro médico, la ingresó en el psiquiátrico donde también están los nuestros. 
Ahí sigue. Repitiendo cosas inconexas sobre sinapsis y enredaderas. 

Desde entonces no hemos vuelto a utilizar el suero. En cambio ha aumentado considerablemente el número de atracos que terminan en asesinato. Y yo estoy oficialmente muerto.

Por eso visito a Jenna dos días por semana. 
De alguna forma, entre la bruma de su cerebro, hay jirones de aquel día. Sabe quién soy.
Es la única.

martes 8 de febrero de 2011

Oasis

Por las noches, incluso allí, da todo igual.
Porque ellas llevan cascabeles en los tobillos, monedas en la cintura. Y agitan las caderas. Se contorsionan. Resuenan aun más atronadoras que la persecución que está a punto de terminar.
Está la noche invadiendo los rincones con su sombra. Ganándole la partida a la luz amarilla cegadora. Pronto ellas saldrán de su escondite llamándolos con el sonido de sus piernas prometedoras.

Hay quien llama a la oración, quien llama a la tentación.

Por las noches allí, en ese oásis de adobe y dátiles surgido en medio del desierto todo se desvanece y se desdibuja.
Porque ella, cuando las temperaturas bajan y las alimañas salen arrastrándose, empieza el espectáculo.
Quitándose cada hora un velo. Todas las noches la misma exacta coreografía desesperantemente lenta.
Cada hora un velo.
Uno solo.
Y las noches pasan volando.
Pero ninguno de los guerreros ha conseguido todavía ni tocarla ni identificarla.
La cara totalmente tapada es la última frontera, la que nunca nadie pasa. La inmovil que ninguna guerra ni ninguna negociación va a diluir.
Ya ni siquiera es deseo. Más bien el adormecimiento de la costumbre de los días.
Ninguno entendió todavía que el último velo, la última frontera, tienen que pasarla ellos.

Pero aquella noche de principio de verano, antes de que el espectáculo empezase, él la vió girar cualquier esquina. Y supo que era ella. A pesar de la túnica no tuvo ninguna duda.
La interceptó en una calleja sinuosa. No llevaba siete velos. No hicieron falta tantas horas. El cuento terminó.
La guerra terminó.
Empezó la vida.
Sin coreografías

miércoles 5 de enero de 2011

Road movie


Huíamos puede que de nosotros mismos conduciendo sin rumbo. Nos turnabamos al volante. Tú en las horas oscuras, yo en las claras. Me dormía, te quería, te rozaba con la mano la rodilla. Sonreías.
Parecía, algunas veces, que podríamos pasarnos la vida así. Conduciendo, rozándonos, sonriendo. El hambre, la sed, las necesidades vitales de parar en cualquier lado.
Revolcarnos en los arcenes, invadirnos como ejércitos dispuestos a seguir hasta el final sin armisticios.

Habíamos visto demasiadas películas francesas, demasiado cine independiente americano, demasiadas veces aquel ciclo de Woody Allen en el cine decrépito que se derrumbó solo un día.
Habías escuchado demasiado country y yo seguía abducida por Coltrane. En el maletero libros como armas, esquinas desgastadas. Envejecidos, amarilleando. Seguros de vida.
Éramos fugitivos muertos de miedo aunque no sabíamos quien nos perseguía. Puede que la realidad.
Quizá sólo el futuro.

Le teníamos pánico al futuro. Eso era cierto.
Habíamos fracasado demasiadas veces, habíamos roto los juguetes, saqueado las casas, quemado los puentes. Habíamos estropeado otras historias que sólo nacían y le teníamos miedo al futuro, a la soledad. Al fracaso. Al dolor. A no saber quedarnos.
A que lo nuestro, nuestro asunto de destino. Lo definitivo. Nuestro "tienes que ser tú porque sino el mundo no tiene sentido", fuese mentira también.
Y nos contaron que la rutina rompe el amor, lo desgasta hasta terminar con cualquier rastro. Que no hay escapatoria. Así que decidimos huir.
Y un día comprendimos, de pronto, que aquel coche era nuestra casa. Que aquel conducir sin rumbo, turnándonos al volante, era nuestra rutina. Que el tiempo pasa por el amor y lo tranforma y lo matiza. A veces lo rompe, lo pulveriza. Lo agota.
Otras, simplemente, lo cambia.
Aquel día comprendimos que ver cambiar lo nuestro era bonito. Vernos pasar el tiempo el uno al otro era bonito.
Nos buscamos una casa con paredes, tejado, ventanas. Cortinas. Cocina. Aprendimos a querernos como los demás. A ser convencionales sin serlo nunca del todo.
Porque algunas mañanas, cuando despertábamos de noches dándonos la espalda, nos metíamos en el coche huyendo de los fantasmas.
Nos turnábamos al volante: horas claras, horas oscuras. A veces era tu mano la que trepaba por mi rodilla. A veces era mi mano la que bajaba por tu tripa.

Ayer nos alcanzó el futuro. Te has ido. Todos dijeron que no duraría. Que no estábamos hechos para pasarnos la vida con la misma persona. Que un día me abandonarías o te abandonaría.
Te has ido y la casa, el coche, la cama. Todo, me es extraño. Lo que construimos se desintegra. Todos dijeron que me abandonarías.
Se equivocaron tanto...
Dejaste de respirar, de latir. Te apagaste como una vela. La piel transparente, arrugada.
Pero cuando cerraste los ojos por última vez, era mi mano la que sostenías.
Ayer nos alcanzó el futuro. Lo esquivamos 40 años.

La foto está sacada de esta web y un poco retocada por mi.

lunes 13 de diciembre de 2010

Fricativo

Tiene un hablar fricativo y afectado de hombre que mastica las palabras como si fuesen nutritivas por defecto.
Hace gestos grandilocuentes con las manos y se toca atildado su pelo perfecto. El nudo de la corbata.
Poco menos que un salvador del universo aunque se dedique al análisis macroeconómico que no mejorará jamás la vida de nadie.
Arrastra los incisivos por sus labios gruesos y masculinos.
Sería guapo si no fuese tan plastificado, si no agravase con estudio el timbre de su voz.
Si no fuese tan pijo.
Cada vez que pronuncia las efes arrastradas y carnosas tengo ganas de explicarle que lo nutritivo de las palabras no está en el sonido que producen.
Sino en su eco, en su capacidad para colarse por los rincones, abrir caminos donde había vacío. Hasta conquistar terrenos vírgenes o contaminados.
Pero no lo entendería. Pensaría que soy una cursi.
Así que le quito la corbata muy despacio. Primero la corbata. Luego todo lo demás.
Una prenda cada vez que dice palabras que empiezan con sus efes arrastradas.
Francamente. Firmemente. Físicamente. Factible.
Hasta que por fin me mira nublado y me grita. Y la f se le desdibuja, se le pierde. Deja de ser un rastrillo por sus labios. Pierde todo el estudio, todo el ensayo. Y me parece un ser vivo.
Animal y despeinado.

viernes 19 de noviembre de 2010

Conspiración

Hay dos hombres en el tejado. Supuestamente están limpiando . Pero si uno los observa detenidamente no limpian. Fingen que limpian. Miran.
Desde arriba, con sus gafas de sol sacadas de una peli de espías. Esas gafas de sol que son en realidad prismáticos.
Siguen en el tejado. Sigo mirándolos.
Es plena tarde de junio en la Puerta del Sol. Camino con la cabeza vuelta y girada hacia el reloj que dará las campanadas en diciembre si nadie lo impide.
Me choco con el vendedor de globos disfrazado con un astroso traje de picachu. O como se llame el bicho amarillo.
Últimamente hay demasiados vendedores de globos con estúpidos disfraces. Una hello kitty grisácea, un bartsimpson verdoso. Un power ranger que podría ser el rosa o el rojo. Imposible determinar el color original de la tela.
Demasiados personajes de dibujos animados en la misma plaza. Y todos observando a través de los agujeros de sus máscaras.
No sé si son hombres o mujeres, cuánto miden, su corpulencia exacta. Sé solamente que no venden ni un solo globo. Nunca. Ni por error.
Están los mariachis. Otros que se tapan la cara con los sombreros y unos espesos bigotes que sólo pueden ser falsos.
Sus habilidades musicales son las que son, pero no se les escapa nada de lo que pasa en la zona oeste de la plaza.
Donde estaba antes el oso y el madroño están siempre los andinos. También con sus gorros típicos y sus ponchos de lana, tan poco adecuados al clima del verano madrileño pero que impiden con eficacia determinar de forma precisa su estatura y complexión. Cualquier rasgo definitivo en una identificación.

Subo por Montera. Siguiendo el interminable inventario de la red invisible que nos observa. Ahora las putas que espantan a los clientes, los hombres anuncio, los compradores de oro.

Nos controla. Alguien nos controla. El gran hermano no era una máquina omnipontente. No era una sofisticada y tecnológica red de cables. La red es humana. Personas con los ojos muy abiertos. Gente que lo abarrota todo anotando cada paso que damos. Trazando el mapa de nuestra costumbre sin que seamos capaces de darnos cuenta. De saber para qué necesitan seguirnos los pasos. A quién están informando. De qué exactamente.
Quién dirige los destinos de los presidentes de las grandes potencias.
Quién es el dios invisible, anónimo, que nos gobierna dictatorial y escondido en alguna parte.

viernes 29 de octubre de 2010

Los dos lo sabemos.

El miedo es mucho más eficaz que cualquier herida. Ni cura ni cicatriza.

Dura para siempre.